Al final del túnel. Parte 2 (Relato de terror slasher)
Continua desde: Al final del túnel. Parte 1
No vio la luz al final del túnel, sólo unas escaleras que descendían en la oscuridad. La respiración de Carolina se detuvo por unos instantes antes de volver a acelerarse al compás de su corazón descontrolado.
Tras quedarse observando las escaleras con la mirada perdida, miró hacia atrás por unos instantes antes de volver a mirar las escaleras. ¡Lo sabía! Sabía que se encontraba en el momento del sótano, ese en que todos los espectadores están gritando a la protagonista que no baje… pero, ¿qué podía hacer?
No podía retroceder por el camino que se encontraba el asesino, tampoco parecía nada seguro bajar unas escaleras en mitad de la oscuridad, y quedarse ahí, quieta, sin tomar ninguna decisión, solo la haría fácil de atrapar.
Respiro hondo, tratando de armarse con un valor que no estaba segura de tener, y dio el primer paso en su descenso hacia el abismo. Tras ese primer paso, le siguió otro y otro, una larga sucesión de pasos que bajaban escalón por escalón.
Aún le quedaba un leve destello de esperanza, mientras las otras opciones representaban muerte, las escaleras eran una posibilidad. No era mucho, pero era lo único que le quedaba.
Mientras descendía le comenzó a llegar un olor extraño, primero sutilmente, después se volvió más fuerte a medida que avanzaba. No quería saber de qué se trataba, pero en el fondo sentía que conocía el tipo de cosas que podrían desprender un aroma tan fuerte.
Otra puerta la esperaba al final del largo ascenso, ocultaba la procedencia de aquel hedor. Carolina tuvo la tentación de retroceder, pero saber que no tenía otra salida hizo que llevara su mano hasta el tirador de la puerta. Esta vez no ofreció resistencia, y se abrió con un crujido.
El hedor golpeó a Carolina de lleno haciendo que fuera imposible de soportar. Sintió como se le revolvían las tripas, y el contenido que guardaba en su estómago salió disparado a través de su garganta. Carolina dobló su torso arqueándose hacia delante y agachando la cabeza al realizar esta acción.
Al levantar la vista, sus piernas temblaron, su aliento volvió a cortarse mientras sentía como su mente estaba a punto de enloquecer. Delante de ella tenía una imagen horripilante, sólo propia de las películas de terror más macabras. Una visión que le hizo liberar un chillido que no tardaría en lamentar.
Una amplia y fría sala con bancos deteriorados de madera descolorida y apolillada. La mayoría estaban resquebrajados, con hendiduras profundas en gran parte de ellos. De las paredes colgaban tapices antiguos y deshilachados con símbolos extraños como los que serían propios de una secta. En el suelo se encontraba dibujado el símbolo de la estrella de cinco puntas, un pentagrama invertido que encajaba con los símbolos de los tapices. Un altar de piedra se encontraba en el fondo de la sala manchado de una sustancia roja; Carolina comprendió al instante lo que era.
No era muy difícil, no cuando lo más horroroso del lugar eran los cadáveres esparcidos por toda la sala. Quería apartar su mirada de ellos, pero se obligó a verlos detenidamente, recordando a la persona a la que había venido a buscar y anhelando que no estuviera entre todos esos cuerpos. No la vio y eso hizo que respirara aliviada por unos momentos, antes de que el miedo volviera a hacer presa de ella.
Carolina preferiría estar en cualquier otro lugar antes que en esa sala, pero su instinto de supervivencia la hizo entrar. Necesitaba encontrar una salida, un escondite o incluso un objeto con el que poder defenderse mínimamente.
Encontró un candelabro y se escondió detrás del altar, sin tiempo de seguir buscando alguna salida. Trató de no mirar el cuerpo que había tirado ahí, en una postura antinatural, con la ropa agujereada, el color rojo predominando en su figura y heridas por todo su cadáver muy difíciles de contemplar.
Lo primero que se escuchó, en aquel sórdido silencio, fue el chirriar de la puerta al abrirse. Después, unos pasos que resonaron en el suelo de piedra, y otra vez el sonido del machete al deslizarse. Estaba claro que el asesino quería que le escucharan llegar, que temblaran ante su proximidad.
Le funcionaba. Carolina tuvo que realizar grandes esfuerzos para controlar su propio cuerpo y aun así temblaba en espasmos de terror. Con la mano sujetaba con firmeza el candelabro para defenderse, mientras que la otra mano permanecía cerrada en un puño y apretada contra sus labios para no lanzar ningún grito que la descubriera.
Los ruidos del asesino delataban cómo se acercaba cada vez más. Anduvo rebuscando por aquel lugar hasta que su figura apareció a un lado del altar. Carolina no le dio tiempo a actuar, llevada por una mezcla entre terror y furia golpeó la cara del asesino con el candelabro, valiéndose de todas sus fuerzas.
El asesino retrocedió trastabillando y se quedó inmóvil, aturdido por unos momentos. Carolina comprendió que no era una fuerza imperturbable como Jason Voorhees, sino un asesino humano como Ghostface. Eso hizo que el valor superara al miedo que sentía y se abalanzara sobre él para no darle tiempo a recuperarse. Le hizo un placaje como si fuera fútbol americano en el que ambos terminaron en el suelo.
Carolina terminó encima y con todas sus fuerzas golpeó la cara del asesino una y otra vez. La furia la dominaba por completo y parecía que nada podría evitar que siguiera golpeando. El antifaz del asesino se rompió en pedazos, revelando la identidad de una inconsciente asesina.
Los ojos de Carolina se abrieron impactados mientras sentía como algo en su interior se rompía por completo. No podía creer lo que estaba viendo. Su instinto le gritaba echarse hacia atrás y apartarse de ella pero su cuerpo permanecía congelado e inmovil. Su mirada se perdía en el rostro de la persona que trató de asesinarla mientras su mente perdía el sentido de todo lo que las rodeaba, cualquier cosa que no fueran ellas perdió toda importancia.
Negó siendo incapaz de creer lo que estaba sucediendo. Rió de forma maniática pensando que todo se trataba de una broma y que sus ataques le habían impedido revelarle dónde estaba la gracia. Sintió una gran culpa por haberla golpeado y un gran pesar por el estado en que la había dejado. Abrió la boca para decirle algo que pudiera hacerla reaccionar sin ser capaz de pronunciar ningún sonido. Sintió miedo de que la hubiera matado sin siquiera darse cuenta de quién era. Pero en ningún momento pudo sentir rencor o furia. Asimilar lo que acababa de ocurrir ligado a la identidad de quién se ocultaba tras la máscara. Menos aún predecir lo que pasaría a continuación.
Los ojos de la asesina se abrieron de forma abrupta y con un veloz movimiento atravesó el pecho de Carolina con su machete. El ataque acertó muy cerca de su corazón, por lo que la sangre salió a borbotones. El dolor fue insoportable. La terminó por paralizar, impidiéndole reaccionar. Sólo logró intercambiar una larga mirada con su asesina; sus ojos la atravesaron de una manera tan afilada como su machete. No vio en ellos ninguna señal de reconocimiento, solo pura indiferencia.
Con un gesto desdeñoso la asesina se la quitó de encima arrojándola a un lado. Se incorporó con lentitud, con movimientos pulcros y elegantes quedándose inmóvil mientras observaba el cuerpo sangrante de Carolina. Ella gritó su nombre en un último intento de hacerla reaccionar, la asesina se limitó a inclinar la cabeza hacia un lado mientras una fina sonrisa depredadora se formó en su rostro. Alzó su machete y lo volvió a bajar de forma implacable sobre el cuerpo de su víctima.
No se detuvo, al primer machetazo le siguió otro, y después otro más Con cada uno de ellos la vida de Carolina llegaba a su final, sin que ella pudiera hacer nada por impedirlo. Sin ser capaz de comprender que había sucedido y porque su propia hermana la estaba asesinando. Y es que a veces la vida termina sin darnos las respuestas que por tanto tiempo estuvimos buscando.

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