La maldición del bosque (Relato de folklore asturiano)



Tamara abre los ojos encontrándose en un lugar que no es su cama, pero que le resulta vagamente familiar. Se encuentra apoyada contra la corteza rugosa de un árbol. 

A varios metros por encima de su cabeza, ve una mata de hojas verdes; entre ellas se filtran los rayos de sol. Tienen un color anaranjado, al igual que la luz que las rodea. Está a punto de anochecer. 


Tamara se irguió hacia delante, sentándose recta como impulsada por un resorte. Los recuerdos comenzaban a regresar a su mente y con ellos la conciencia de dónde se encontraba. Inmediatamente se puso nerviosa.


Había ido al pueblo vecino a repartir la mercancía de la tienda y se había quedado varios días ahí; antes de volver le ofrecieron llevarla en carreta, pero ella rechazó la oferta pues le apetecía dar un paseo por el bosque hasta su casa. A mitad del camino recolectó y comió varios frutos del bosque. 


Eso hizo que le entrara sueño y se echara una breve cabezada… o eso esperaba. Se quedó profundamente dormida y ahora seguía en mitad del bosque, cuando estaba a punto de anochecer. No es que le diera miedo, pero sus padres iban a preocuparse en cuanto vieran que no llegaba.


Mientras caminaba, la luz fue decreciendo hasta terminar en oscuridad. El corazón de Tamara latía más aceleradamente a medida que pasaban los minutos, un temblor incesante comenzó a recorrer todo su cuerpo.


Tal vez sí que le daba más miedo del que creía, admitió para sí misma mientras miraba a su alrededor. Los árboles creaban sombras que se cernían sobre ella, en todas direcciones se escuchaban ruidos de la noche que no hacían más que estremecerla. 


Se sobresaltó mientras un escalofrío recorría su espalda, cuando se comenzaron a escuchar aullidos a lo lejos. Por instinto, llevó la vista hacia el cielo y vio una luna brillante y perfectamente redonda. Sintió otro escalofrío mientras recordaba las historias que le contaba su abuela. Leyendas sobre hombres malditos que comieron carne en Cuaresma y se convirtieron en lobos.


Su abuela decía que por eso nunca debía ir al bosque en noches de luna llena. Tamara nunca había creído en esas historias, pero ahora no dejaba de pensar qué pasaría si fueran ciertas. Si uno de esos hombres lobo la estuviera acechando. 


Apresuró el paso mientras notaba el corazón martilleando en la garganta. Los aullidos se sentían cada vez más cerca; por Brixit, como esperaba que fuera su imaginación. Su respiración se entrecortó y su vello se erizó cuando los aullidos parecieron rodearla completamente. Parecía que el corazón le estallaría dentro del pecho. 


Si escuchar los aullidos era aterrador, más lo fue que se silenciaran de repente. El miedo de Tamara no se incrementó al instante. Lo primero que sintió fue un profundo alivio al ver que no sucedía nada y los aullidos habían parado. Pensó que se había salvado y siguió caminando aliviada, pero no había dado más de diez pasos cuando el sentimiento de que algo no iba bien comenzó a adueñarse de ella. 


Primero fue una leve sombra de sospecha, para luego pasar a una gran alarma cuando se percató de que no se escuchaba ningún sonido a su alrededor. Lo siguiente que notó fue una niebla que se adueñaba del lugar rápidamente. Inmediatamente pensó en Nuberu, pero no podía ser; había surgido demasiado rápido y tenía un aspecto muy extraño. Era de un color negruzco y sumamente espesa. Provocaba que un sudor frío recorriera todo su cuerpo.


Giró sobre sí misma y entonces las vislumbró entre la niebla. Cuando se acercaron pudo ver a una chica sujetando una vela, seguida por figuras encapuchadas a las que no se les podía ver la cara. Eran ocho pero caminaban de dos en dos portando una vela; el olor a cera llegó hasta la nariz de Tamara, quien abrió los ojos ampliamente mientras se ponía completamente blanca y temblaba como una hoja de papel.


Fue suficiente, Tamara salió corriendo como alma que lleva el diablo. Mientras corría veía por el rabillo del ojo varias figuras traslúcidas que la observaban. No fue hasta que una apareció justo delante de ella y la traspasó que se dio cuenta de que eran aparecidos. El intenso frío que recorrió el cuerpo de Tamara no la detuvo de acelerar su carrera. No paró hasta que llegó a un claro donde tropezó y cayó al suelo con la respiración acelerada. 


Al alzar la vista vio a un caballo blanco salir de entre los árboles. Era majestuoso, su pelaje se veía sedoso y sus crines muy bien cuidadas. Se sintió a salvo, pues inmediatamente pensó en su tío. Él se encargaba de cuidar caballos y seguro lo envió a recogerla porque era un animal sumamente inteligente y no tendría problemas para encontrarla. 


Tamara se incorporó y se acercó al caballo, que agachó la cabeza para que pudiera acariciar su cuello; la muchacha dejó que oliera su mano antes de acariciar sus crines con cuidado y cariño.


Se sentía muy feliz, ahora que había encontrado a un caballo de su tío no tendría problema alguno para salir del bosque. Se quedó unos momentos acariciando y contemplando al caballo hasta que el silencio fue interrumpido por los aullidos de un lobo. 


Otra vez ese sonido que estremecía todo su cuerpo; no sabía si era peor que el completo silencio. Sin perder más tiempo, se subió al caballo y partió al galope. Para su suerte, su tío le había enseñado a cabalgar, pero no dejaba de ser difícil hacerlo sin tener una silla de montar.

El caballo corría mientras los aullidos se aproximaban; Tamara se sujetó con las piernas, mientras giraba la cabeza para ver a un lobo de color negro tratando de acercarse. 


La cabalgata fue agotadora y agobiante. Cada segundo notó como si esa criatura que la perseguía estuviera rozándole los talones. 


Al llegar cerca del linde del bosque, los aullidos volvieron a cesar, solo que esta vez los ruidos normales de la noche retomaron su lugar. La pesadilla había terminado y estaba a un paso de salir de ese lugar. Su cuerpo se relajó y una sonrisa de alivio iluminó su cara. Esa relajación afectó al caballo, que redujo la marcha, acercándose poco a poco al final del bosque.


Por esa sensación de haberse salvado y la tranquilidad que la dominaba, fue que no previó que inesperadamente el caballo volviera a galopar y cambiara de dirección. No sabía qué le sucedía. ¿Habría vuelto a escuchar al lobo acercarse? ¿Por qué giraba y se volvía a alejar del bosque cuando la salida estaba tan cerca?


Trato de tranquilizarlo, susurrándole y acariciándole el cuello, pero nada funcionaba. Entonces vio el precipicio que estaba a solo dos metros de ellos. Intentó hacerle entrar en razón y que frenara a tiempo, pero no funcionó y se dio cuenta de lo sucedido. Vio cuál era el mayor peligro de todos y supo que ese no era el caballo de su tío.


Trató de saltar del caballo pero fue demasiado tarde. Ambos se despeñaron y, mientras el suelo se acercaba a una velocidad vertiginosa, la chica pensó en su familia. La estarían esperando, pero ya no podría volver a verlos. Las lágrimas de pena, terror y frustración salieron de sus ojos. Después todo fue oscuridad.





Su hija Tamara había desaparecido. Tendría que haber llegado ayer por la tarde, pero no apareció. Había ido con su mujer hasta el pueblo cercano para buscarla. La última vez que la vieron, se internaba en el bosque, pero nadie se había encontrado con ella desde entonces.


Joseph estaba aterrado y eso sin mencionar el ataque de nervios que le dio a Jessica, pero a pesar de todo se negó a permanecer en casa mientras los demás la buscaban.


En ese momento una partida de búsqueda se había desperdigado por el bosque; Joseph avanzaba escopeta en mano, su esposa detrás de él, alerta ante cualquier peligro. Se escuchaban ruidos de animales y aullidos de lobos en los alrededores, pero Joseph se mantenía tranquilo. No tenía miedo: cualquier amenaza caería ante su arma.


De repente, se hizo un repentino silencio en el que callaron todos los animales. Joseph arqueo las cejas extrañado, algo no andaba bien en aquel lugar. 


Joseph, ¿Qué está sucediendo? preguntó su mujer alarmada sintiendo cómo le temblaban las rodillas. 


Tranquila, mujer, todo está bien respondió Joseph tratando de mostrarse firme, aunque por dentro estuviera temblando como una hoja de papel. 


La vio, una figura completamente inmóvil en mitad de la bruma. No veía sus rasgos, pero Joseph supo que le estaba mirando. Caminó lentamente hacia ella con la escopeta por delante. 


Al acercarse lo suficiente pudo ver su rostro y se le paró el corazón mientras contenía la respiración. Su siguiente reacción fue reír mientras le latía el corazón aceleradamente y se olvidaba del resto del mundo. 


—¡Dios mío! ¡Tamara! ¡Eres tú!


Joseph corrió hacia su hija dejándose llevar por la emoción. Al llegar hasta ella, la rodeó con sus brazos para darle un fuerte abrazo… o por lo menos esa fue su intención. Nunca alcanzó a hacerlo, pues sus brazos atravesaron el aire; era como si no hubiera nadie delante de él y sin embargo la veía con absoluta claridad.


—Tamara, ¿qué… qué está pasando? ¿Qué te ocurre? No entiendo nada.


Musitó Joseph, notando cómo las palabras se quedaban atascadas en su garganta; tenía que hacer un gran esfuerzo para pronunciarlas. En ese momento se percató del color gris que adornaba las mejillas de su hija. Sus labios estaban azules y su mirada era vidriosa, como si no lo viera realmente; sin mencionar su expresión sombría y mortecina. Era una imagen que le heló la sangre.


Ante toda respuesta, Tamara giró la cabeza y Joseph siguió su mirada hacia unas figuras de negro con capuchas. Las primeras llevaban velas, pero la mayoría sujetaba un ataúd con la tapa abierta. Joseph se acercó para ver lo que contenía y pegó un grito; era el cuerpo de su hija sin vida. Sintió cómo su interior se rompía trozo a trozo y su mente enloquecía.


—El Diablu Saltón. Maldijo el bosque con su presencia y la muerte ronda por doquier.


La voz de su hija sonó grave y a la vez distante, como si estuviera hablando detrás de una cascada. Joseph sintió un escalofrío, a la vez que sentía su corazón cada vez más deshecho por el dolor y la impotencia. Emitió un grito mientras caía en llanto.


Al dirigir sus ojos cubiertos de lágrimas hacia su hija, notó a otras muchachas detrás de ella, todas con el mismo aspecto mortecino. A todas las habían arrancado de la vida y de sus familias demasiado pronto. ¿El causante era el tal Diablu saltón? ¿No había ninguna que perdiera la vida por otras causas?


—¿Y los lobos? 


Ante la pregunta, su hija rió amargamente. Una risa preternatural y desprovista de toda vida, que hizo que Joseph sintiera un estremecimiento por todo su cuerpo.


—Los lobos aúllan lamentando la tragedia. Tratan de impedirla a su manera pero siempre en vano. Siempre en vano.


Repitió agachando levemente la cabeza con pesar. Una sonrisa que parecía estar riéndose de un chiste que solo ella conocía.


Joseph no dijo nada más y permaneció con la cabeza agachada, mientras lloraba y liberaba todo el dolor que sentía. No fue hasta que pudo sobreponerse que se dio cuenta de que no había acudido solo al bosque, haciendo que inmediatamente se alarmara. Se volteó hacia el lugar del que había venido y gritó: 


—¡Jessica!


Joseph comenzó a correr hacia donde se habían separado, pero antes se volteó para volver a mirar a su hija; ya no se encontraba ahí. Había desaparecido junto con la niebla. Joseph sintió un vacío en su corazón mientras pensaba que así sería más fácil encontrar a su mujer, pero no había rastro de ella.



Había tenido mucho miedo cuando surgió la niebla; algo así solo podía ser algo sobrenatural. Trató de mantenerse junto a su marido, pero ver una figura en mitad de la niebla hizo que se quedara paralizada. Su marido se fue alejando de ella, hasta que finalmente echó a correr gritando cosas que no llegó a escuchar. Era como sí además de la visión, ese fenómeno también dificultara el oído.


Su intención era esperar a que su marido regresara a por ella, pero las figuras vestidas de negro con velas y sujetando ese ataúd acabaron con todo el valor que le quedaba. Su miedo fue más poderoso que ella, y salió corriendo en un intento de abandonar el bosque. 


Pasó mucho miedo, pero ya nada de eso importaba. Había encontrado su salvación en forma de un caballo blanco; parecía sacado de la más hermosa leyenda. Lo único que tenía que hacer era montar en él y se alejaría galopando de ese horrible lugar. Llegaría a casa para esperar a su marido; pronto llegaría para decirle que habían encontrado a su hija sana y salva. ¿Qué podría salir mal? Un caballo tan hermoso solo podía venir con las mejores de las intenciones. 


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